El del vino es un mercado complejo, en el que interactúan múltiples actores: bodegas, con su lógica mirada comercial; enóloga, consumidora y comunicadora, entre otros eslabones.

En ese juego de interacciones, se vuelven muy palpables ciertas tendencias que marcan el rumbo de la industria.

Exploración de nuevas zonas:

La ley 25.163, que regula la denominación de vinos, en su artículo 4° plantea que una IG es el nombre que identifica un producto originario de una región, una localidad o un área de producción delimitada del territorio nacional no mayor que la superficie de una provincia o de una zona interprovincial ya reconocida. En Mendoza, nuevos viñedos asoman en Uspallata y Challao. En Córdoba la bodega Terra Camiare en el Valle de Calamuchita sorprende con sus vinos alta gama. Chubut ya tiene su zona delimitada cerca de Trevellin a través de Bodega Otronia.

Estudio de suelos:

Esta tendencia no es solo nacional. Prácticamente e todas las regiones productoras de vino del mundo se está poniendo en agenda el estudio de la composición de los suelos como un factor clave que define la personalidad de los vinos de alta gama. En los últimos meses hubo una verdadera revolución del terroir en la Argentina. Más bodegas vienen expandiendo las fronteras y lanzando líneas conformadas por varias etiquetas que tienen como objetivo mostrar cómo, a partir de un mismo estilo enológico, se pueden lograr ejemplares de lo más diversos, de la mano de las diferencias que el suelo y el clima les imprime a las uvas.

Son vinos que, en definitiva, llegan para desafiar a los incrédulos del terroir. Además, ratifican la importancia de implementar una comunicación diferencial que apunta a los consumidores que buscan hilar más fino y que están decididos a recibir información con más valor agregado por parte de las bodegas. Los lanzamientos fueron numerosos: Trivento viene de lanzar su familia de vinos Gaudeo: son tres ejemplares de distintas zonas de Valle de Uco, hechos por el mismo enólogo (Germán Di Césare) y con el mismo estilo pero que muestran, como es de esperar, muchas diferencias entre sí. Algunas son sutiles; otras, muy marcadas. Otra bodega que avanza en esa dirección es Terrazas de los Andes, comandada enológicamente por Gonzalo Carrasco: acaba de presentar una nueva línea de vinos, denominada Apelación de Origen, con la que busca, justamente, sintetizar la esencia de tres terruños claves y poner toda esa información dentro de una botella. Trapiche, que hace bastante tiempo viene trabajando en resaltar el terroir –de hecho, fue la primera en expandir la frontera vitivinícola con sus vinos elaborados en Chapadmalal-, ahora está dando un paso más con el inminente lanzamiento de su línea Perfiles. Bodega Séptima, que está emplazada en Agrelo, Luján de Cuyo, es otro de los establecimientos que dio el salto, buscando producir en diferentes zonas del Valle de Uco, con su línea Tierra.

Las microunidades de terruños. Vinos de parcela.

En los últimos años la tendencia del vino a nivel mundial se vio atravesada

Por un trabajo muy minucioso en la finca. Hoy todo pasa por el perfil del suelo. Y cuando un enólogo encuentra lo que busca en una parcela o lote determinado, trabaja en la búsqueda de su vino perfecto puntualmente en ese sector. En Argentina cada vez más productores están dedicando sus máximos esfuerzos a identificar suelos con componentes particulares – muchas veces con calcáreo, piedra o granito- para elaborar vinos con uvas que crecen en microparcelas con características extraordinarias. Lo que los franceses llaman cru. Su unicidad y carácter de vino irrepetible es lo que lo diferencia de los demás vinos que pueda elaborar la bodega.

Estos vinos, comúnmente llamados, de parcela, de lote, single lot, o single block, encierran una identidad única e irrepetible de un varietal en un conjunto de plantas de una finca específica, de una microzona muy puntual con características de identidad propias.

Vinos menos intervenidos:

La sustentabilidad, especialmente en el rubro alimentos y bebidas, va ganando cada vez más espacio.

Desde huevos obtenidos a partir de gallinas que se alimentan y viven fuera de jaulas, hasta frutas y verduras sin pesticidas, son muchas las alternativas que los consumidores encuentran hoy en el mundo; y la Argentina no es ajena a esta tendencia. Y esto también se viene observando en la industria vitivinícola: cada vez son más las bodegas que incursionan en prácticas agroecológicas y que están reconvirtiendo viñedos para obtener la certificación orgánica. Pero la última tendencia no es ya asegurar que no se utilizaron agroquímicos para tratar las plantas: ahora se están imponiendo los vinos -también orgánicos- sin uso de sulfitos o anhídrido sulfuroso (SO2), que funciona como agente antioxidante y tiene un efecto protector, evitando que proliferen aromas indeseados. Sin embargo, hay cada vez más bodegas que apuntan a alumbrar ejemplares sin sulfitos o con contenidos que estén muy por debajo de los límites permitidos.

En general, hay un trasfondo filosófico detrás de esta búsqueda. Pero también, muchos enólogos están convencidos de que un vino sin sulfitos se expresa con una paleta mucho más definida y viva.

Resurgimiento de la Bonarda:

La Bonarda estuvo «condenada» durante décadas a servir como uva genérica para alumbrar vinos económicos. Fue a comienzos de los años 2000 cuando un grupo de enólogos inquietos comenzó a pensarla, desde el viñedo, como una variedad con gran potencial para la alta gama. Así, con un trabajo fuerte desde lo agronómico y luego en bodega, comenzaron a surgir vinos Bonarda de mayor calidad enológica. ¿El resultado? Un crecimiento de la superficie de viñedos, muchos de los cuales se emplazaron en nuevas zonas, como el Valle de Uco: en 2002 había poco más de 15.650 hectáreas y para 2006 la cifra ya había trepado por encima de las 18.000. Pero la historia tuvo sus altibajos. En los últimos años los envíos al exterior estuvieron amesetados (como sucedió en general con el vino argentino) y esto, sumado al bajo dinamismo del mercado interno, con un consumo per cápita perforando el piso de los 20 litros anuales, determinó que por un tiempo no hubiera grandes novedades en torno a esta cepa. Incluso, desde 2014 la superficie se retrajo en casi 700 hectáreas. Sin embargo, en 2019 la variedad definitivamente volvió a brillar, de la mano de múltiples lanzamientos en la alta gama. ¿La novedad? Los enólogos se están empezando a enfocar no ya en obtener el máximo potencial de la variedad, sino mostrar su plasticidad en función del terruño. Durigutti, Trivento y Nieto Senetiner son algunas de las bodegas que marcaron tendencia en 2019. Y se prevé que esta tendencia se mantenga a lo largo del 2020.

Vinos más australes:

La provincia de Chubut viene haciendo cada vez más ruido con los vinos más australes de la Argentina. Uno de los emprendimientos más reconocidos de la nueva vitivinicultura patagónica es Casa Yagüe. A partir de dos hectáreas de viñedos, emplazados en el valle de Trevelin, a 12 kilómetros de la frontera con Chile y a pasos del río Futaleufú, en Chubut, alumbran un Chardonnay que habla el idioma de la frescura.

Días atrás se presentó otro proyecto: Otronia, que posee unas 50 hectáreas de viñedos orgánicos en el centro sur de Chubut, a casi 50 kilómetros del límite con Santa Cruz. Allí plantaron Pinot Noir, Merlot, Chardonnay, Gewürztraminer y Pinot Gris.

En momentos en los que se premia la frescura y el mundo comienza a mirar terroirs emplazados en zonas más frías, como consecuencia del cambio climático, los vinos más australes están llamados a ocupar un lugar cada vez más relevante. Vinos más sustentables: La industria vitivinícola está cada vez más atenta a una variable clave como es la sustentabilidad. Y esto incluye el uso de botellas más livianas, inversiones en tecnología en bodega para mejorar la eficiencia energética y el uso del agua y la utilización de materiales reciclables y biodegradables. En esa misma línea van las empresas de tapones, que están utilizando materias primas de origen vegetal.

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